Me hubiera enrojecido, seguro, la señorita “sans coiffer” que no salía a su palidez, sino que arañaba mi copa de Port Ellen en el último local abierto de Helpless Road, madrugada.
- “Hasta tal punto he abusado de mi máquina del tiempo”
le decía con los ojos encharcados, borrachos, y envenenados de pérdida.
Y son varias las anécdotas, Carolina, que a lo largo han sucedido;
En el Harry´s de New York, entre modas y tintero, barajas y peonzas, mis bocetos sobre el tiempo fueron burla hasta inventar el Bloody Mary,
entre un puñado de periodistas rácanos y sin filtro, que no me creían.
- ¿Sabes? tenían razón, aún no he inventado olvidarte.
Hace personas que no te veo, Beaton me comentaba, y hemos sido el cámara, de musas como Marilyn Monroe, como sombras que he aprendido a ver pasar de largo.
- “Búscala de nuevo, viejo perdedor, arregla tu maldita máquina”,
Pierdo el rumbo, pierdo el rumbo hacia otro mapa.
21 de noviembre, fue un Pierce Arrow muy ruidoso, del año 34, el que aparcó frente a la sede, el mariscal Von Leeb, con uniforme gris, y un paso acelerado, sube las escaleras, su joven chofer, no le acompaña.
Y después de haber buscado, me despierto irreflexivo.
Sentidos, que cobran juicio sin cordura, sentado en una mesa del Folies Belgère,
donde supe bailabas, con un tipo de acento.
Solteros, para un tipo de cortinas, ligueros y al final, convergemos.
No he dejado de aplaudirte, Carolina, te había visto imitando a Gloria Swanson pero, marcando el pintalabios, en la boquilla tono pastel de tu cigarro benson sin humo y dejando sobre el escenario, con un beso tu mas bella rosa violet carson.
La gente aplaudía, tu marido esperaba, y para no causar problemas, tu retrato me sirvió de posavasos, te quería, y me duele la derrota, Carolina, cuánto te quería.
Al salir me sentí arruinado.
Y salí a buscarte en otra época
Pero el cielo de South Tyrol, era cierto que es hermoso, muchos tenían razón y,
regentabas una tienda azul de ultramarinos.
Sobre el mostrador, un l`illustrazione con portada militar, una caja registradora de metal tallado, unos pinceles, y un timbre de campana antiguo para su uso, te imaginaba salir de la trastienda, estaba nervioso.
Pero entraste por la puerta y, quieras que no, con un “chiuso” vestido verde de encaje,
los dos, mirándonos. Natural, y sin maquillaje, con tus dos tirantes aflorados, con tus dos ojazos, allí mirándome.
- “En la lluvia, en la tormenta, siempre seguiré contigo.” Adiós Carolina.
Años mas tarde, me buscaban por agitador.
No eran buenos tiempos en las calles de Belgrado, estudiantes, policía, aquello fue un caos, no estoy seguro, pero entre vallas de publicidad tabacalera, lencería, manutención o simplemente grandes almacenes, me ha parecido distinguir tu rostro.
Todos esos momentos se perderán para siempre.
Ventanas emergentes, correos electrónicos, Dorian Crey era un cartero, hay un
champú por cada tipo de cabello, ya no quedan más islas desiertas,
apareces en el Messenger de mi lista de contactos,
nunca sabrás la verdad de nuestra historia, Carolina.
- “Búscala de nuevo, viejo perdedor, arregla tu maldita máquina”
La señorita “sans coiffer” que no salía a su palidez, que de nuevo se tomaba mi tercera copa de Port Ellen, en el último local abierto de Helpless Road, escuchaba estas historias.
No lograba escribirte nada, todas las sombras se alejaban de la luz del flexo,
no me sentía dueño de mi habitación, no conocía este dormitorio.
Tras la ventana, sobre el letrero de un abandonado Harry´s, en New York,
entre modas de peonzas, barajas y tinteros, discutiendo sobre el campo de la física,
sobre mi imposible máquina del tiempo.